Hubo una etapa en la que avanzar significaba decir que sí a todo.
No porque todo fuera una buena idea, sino porque no había margen para elegir.
Hace ya varios años que inicié mi propia empresa. Tenía muchas ganas de hacer algo por mi cuenta y, cuando por fin me animé, lo hice con la mentalidad clásica del inicio: hacer de todo.
Había una presión constante para que el negocio funcionara. En esa etapa, decir que sí a lo que cayera era casi automático. No porque todas las oportunidades fueran buenas, sino porque necesitábamos el flujo de trabajo para seguir vivos.
Ese empuje tenía algo poderoso. Me mantenía en movimiento.
Me obligaba a aprender rápido, sobre la marcha. A adaptarme y asumir responsabilidades nuevas. A resolver problemas sin excusas. A trabajar con urgencia, tomar decisiones rápidas, pero también a aceptar proyectos mal definidos porque “algo es algo”.
Hoy el escenario es distinto.
El negocio ya no depende de correr detrás de cualquier oportunidad. Ahora se trata más de administrarlo, de tomar mejores decisiones, ya no tengo que aceptar cualquier proyecto. Ya no todo es urgente.
Desde que empecé a delegar más, tengo tiempo libre. A veces, demasiado. Puedo elegir en qué trabajar o incluso no trabajar por un rato. Y la verdad es que se disfruta.
Pero junto con esa calma aparece la duda incómoda.
¿Me estoy durmiendo en mis laureles o simplemente cambié el ritmo?
La necesidad y urgencia te empuja, pero también te desgasta.
La calma, en cambio, te da espacio. Y en ese espacio, la duda se vuelve más difícil de ignorar.
Intento no romantizar la urgencia de antes, pero tampoco quiero confiarme demasiado con la comodidad de ahora. A veces no sé si esta pausa es una decisión consciente, producto de un negocio más maduro o si simplemente dejé de exigirme como antes.
Supongo que cada etapa tiene su propio costo.
